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Ojos que Ven

Esta historia ha estado circulando por Internet por correo electrónico. Si se trata de una historia real o una parábola, no importa. Toca el corazón con la verdad.

Bob Richards, el ex campeón de salto con garrocha, comparte una conmovedora historia acerca de un joven delgado que amaba el fútbol con todo su corazón:

Bereavement - Eyes that See - football

Práctica tras práctica, el daba, ansiosamente, todo lo que tenía. Pero, siendo la mitad del tamaño de los otros chicos, no llegaba a ninguna parte. En todos los juegos, este atleta esperanzado, se sentaba en el banco y casi nunca jugaba. Este adolescente vivía solo con su padre y los dos tenían una relación muy especial. A pesar de que el hijo estaba siempre en el banco, su padre siempre estaba en las gradas animándolo. Nunca dejó de asistir a ningún partido.

Este joven era todavía el más pequeño de la clase, cuando entró en la escuela preparatoria. Su padre siguió alentándolo, pero también dejó muy claro que él no tenía por qué jugar al fútbol si no quería. Dado que el joven amaba el fútbol, decidió seguir yendo. Estaba decidido a hacer su mejor esfuerzo en cada práctica, con la esperanza de que  jugaría cuando estuviera en el último año de la preparatoria. A lo largo de toda la preparatoria nunca se perdió una práctica ni un juego, pero siempre estuvo calentado el banco. Su fiel padre siempre estuvo en las gradas, siempre con palabras de aliento para él.

Cuando el joven entró a la universidad, decidió hacer una prueba para el equipo de fútbol como “suplente”. Todo el mundo estaba seguro que nunca podría pasar la prueba, pero lo hizo. El entrenador admitió que lo mantuvo en la lista debido a que el estudiante siempre ponía su corazón y alma en cada práctica y, al mismo tiempo, motivaba a los demás miembros con el espíritu y el empuje que necesitaban. La noticia de que había sobrevivido a la prueba le emocionó tanto que corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre. Su padre compartió su emoción y consiguió boletos para todos los juegos de la universidad.

Este persistente joven atleta, nunca se perdió una sola práctica durante sus cuatro años en la universidad, pero nunca llegó a jugar en un partido. Al final de la temporada de fútbol de alto nivel, mientras trotaba en el campo de práctica, poco antes del gran partido de semifinales, el entrenador le salió al encuentro con un telegrama. El joven leyó el telegrama y se hizo un silencio sepulcral. Tragando saliva, murmuró al entrenador: “Mi padre murió esta mañana. ¿Está bien si me ausento de la práctica de hoy?” El entrenador puso su brazo suavemente alrededor de su hombro y le dijo: “Toma el resto de la semana libre, hijo. Y ni siquiera planees volver al partido del sábado.”

Llegó el sábado y el juego no iba bien. En el tercer cuarto, cuando el equipo estaba a diez puntos del líder, un hombre joven, en silencio, se deslizó en el vestuario vacío y se puso su equipo de fútbol. Mientras corría hacia el banquillo, el entrenador y sus jugadores estaban asombrados de ver a su fiel compañero de equipo de vuelta tan pronto.

“Entrenador, por favor déjeme jugar. Tengo que jugar hoy”, dijo el joven. El entrenador pretendió no escucharle. No había manera de que quisiera a su peor jugador en este partido de semifinales. Pero el joven insistió y, finalmente, sintiendo lástima por el chico, el entrenador cedió.

“Muy bien”, dijo. “Puedes entrar.”

El entrenador, los jugadores y todo el mundo en las gradas, no podían creer lo que veían. Este pequeño desconocido, que nunca había jugado antes, estaba haciendo todo bien. El equipo contrario no lo podía parar. Corrió, pasó, bloqueo y marcó como una estrella. Su equipo comenzó a triunfar. La puntuación pronto se empató. En los últimos segundos del juego, este chico interceptó un pase y corrió todo el camino hasta anotar la puntuación ganadora.

Los aficionados se desataron. Sus compañeros de equipo lo izaron sobre sus hombros. Tal animación nunca se había visto. Finalmente, después de que las gradas se habían vaciado y el equipo se había duchado y salido de los vestidores, el entrenador notó que el joven estaba sentado tranquilamente en la esquina, solo.

El entrenador se acercó a él y le dijo: “Muchacho, no puedo creerlo. ¡Estuviste fantástico! Dime ¿qué te pasó? ¿Cómo lo hiciste?”

Miró al entrenador, con lágrimas en sus ojos y dijo: “Bueno, sabía usted que mi padre murió, pero ¿sabía usted que mi padre era ciego?” El joven tragó saliva y forzó una sonrisa, “Papá vino a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez que podía verme jugar, ¡y yo quería demostrarle que podía hacerlo!”


Todos nosotros somos ciegos de alguna manera. Pero cuando morimos, cualquier ceguera que hayamos tenido es sanada. Al pensar en la separación que se siente entre tú y tus seres queridos que han fallecido, recuerda que ahora te ven mejor, te aman más y que abrazan al Espíritu de Dios en plenitud. Ellos te están dando, realmente de verdad, mucho más de lo que podían darte en la tierra. Y vienen a ti a través del Espíritu Santo. Ábrete más a Él y le abrirás la puerta al amor que te mantiene siempre conectado con los que te aman.



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