Probando a Dios con mis finanzas

La Historia de Nancy

Esta es la historia de cómo el testimonio de Terry y Ralph Modica sobre la ofrenda de sacrificio, afectó la vida de Nancy (Gardner) Viola, según lo explicó a la congregación de su parroquia en una reunión de administración en 2003.

Nancy Gardner Viola in 2002Soy madre soltera de dos niños, madrastra de cinco hijos ya adultos y abuela de diez nietos. La menor de mis hijas, Mindy, vive en casa mientras asiste a la universidad. También soy estudiante de universidad y estudiante de segundo año del Instituto del Ministerio de Pastoral Laico. Cuando el tiempo me lo permite, sirvo como Lectora, Ministro de la Eucaristía, o Servidora en el Altar en nuestras misas diarias y, recientemente, me he anotado para ser Lectora aquí, en la Misa Dominical de las 11.30. También estoy comprometida en una Organización de Evangelización Católica Laica, llamada “Good News Ministries”. Y encima de todo esto, trabajo en Tampa como Contadora y parte del Personal Directivo.

Bien, ahora que saben sobre mí, les explicaré por qué estoy aquí, hablándoles a ustedes esta mañana.

El Padre Pat me telefoneó hace unas semanas, preguntándome si podría dar un testimonio sobre administración.  Tragué saliva y dije que sí, que estaría feliz de hacerlo.  Eso no era mentira.  En realidad, sí que estoy contenta de estar aquí para compartir con ustedes mi historia, de cómo obtuve esta oportunidad de estar hablando con ustedes hoy.

Ahora, si yo fuera una mujer jugadora,  apostaría que alguien aquí, esta mañana, se siente igual que yo, alguien deseando haberse despertado esta mañana, no sintiéndose bien y optando por no ir a Misa justamente en esta linda mañana.  CUALQUIER excusa hubiera estado bien, si les hubiese permitido evitar escuchar este mensaje.   Bueno, no es chiste cuando digo que me sentí exactamente de esta manera.  Verdaderamente me desagrada cuando el Padre tiene que pedir dinero desde el púlpito.  Pero, como ya he escuchado decir al Padre Pat, “es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.”  Y así el Padre Pat pensó en mí.

He sido Católica practicante por 26 años.  No obstante, no siempre diezmé mis ingresos.  Al poco tiempo de regresar a la Iglesia en 1977, me uní al Coro Contemporáneo en el pequeño pueblo donde vivía.  Canté y toqué la guitarra y consideré que eso era un diezmo “suficientemente bueno.”  Y efectivamente, eso es parte de la administración: dar nuestro tiempo y talento.

Un domingo en 1996, estaba sentada en el lugar del coro, cumpliendo con mi obligación de dar mi tiempo y talento, con mi bajo sobre mi falda, esperando pacientemente para escuchar la homilía.  Recuerdo este domingo en particular y les contaré por qué en un momento.  Allí estaba yo, ansiosa por escuchar lo que el Padre tenía para decir sobre las lecturas del día, cuando, en lugar de eso, se paró por un momento frente a su silla y nos dijo que escucháramos a la pareja que había invitado, para que nos hablara sobre “administración”.  Se sentó mientras yo miraba a esta pareja acercarse al estrado.

Los cabellos de mi nuca se erizaron mientras pensaba “Acá vamos otra vez.”  Tenía que escuchar otra pareja de espléndidos, diciéndome cómo gastar mi dinero duramente conseguido.  Aún cuando estaba cantando y tocando en el coro y había sido maestra de catecismo para la clase de 8º grado de mi hija, más temprano esa misma mañana,  muy en mi interior, tenía un pequeño sentimiento de culpa por no dar nada de mi dinero a la iglesia.  Por un lado, me parecía bien tirar a la basura los sobres de la iglesia que me eran enviados por correo cada mes, pero, por otro lado, no podía hacerlo.  Por lo tanto, sólo los dejaba allí, en la pila de mis facturas impagas.

No, nunca me hacía sentir bien no colaborar.  Trataba de desterrar mi culpa de una manera lógica, justificando en mi mente la visión que Dios tenía de cómo estaba manejando toda la situación.  Mi “lógica” consideraba que Dios debía estar contabilizando mi tiempo y talento como mucho más del 10% que nos pedía a todos.  Por lo tanto, no necesitaba decirlo, estaba un poco ofendida por tener que estar allí y escuchar a esta pareja hablar sobre un tema que siempre me ponía un poco incómoda.

No sé si fue el ritmo del mensaje, o el mensaje en sí mismo, pero por alguna razón, ESTE mensaje penetró profundamente en mis oídos.  Desde allí pasó a mi cerebro y penetró aún más profundamente en mi corazón.   No podía ignorar las palabras de esta pareja que brotaban como balas de una ametralladora, disparadas directamente hacia mí.  Esa noche me fui a mi casa, preguntándome ¡¿qué rayos me golpeó?!

Bueno, así es como obra Dios.  En ese momento, yo no conocía a esa pareja.  Pero dos años más tarde, de una manera insólita, me encontré con la mujer y nos hicimos íntimas amigas.  No por lo que tuviera que decir ese día.  En realidad, no fue hasta algunos años después que me di cuenta que habían sido estas mismas personas las que habían dado la charla.  Pero, ya que realmente nos habíamos vuelto amigos, pude obtener el  mismo discurso, para tus oídos hoy.  Ya que no sé por qué este discurso me tocó tan poderosamente, debo concluir que, en realidad, Jesús lo escribió usando sus manos y voces para llevar SU mensaje hasta mí.  Me imagino, que debe haber alguien hoy, aquí, que escuchará este mensaje como yo lo hice aquella vez y, por lo tanto, me siento honrada de estar aquí compartiéndolo con ustedes hoy.

A medida que vaya leyendo parte de sus palabras, haré pausas y les comentaré los pensamientos que vinieron a mí ese día.  Esta es mi historia de cómo comencé a acercarme más a Dios, a través de este llamado al diezmo.  Su discurso comenzó con una breve introducción y, luego, Jesús debe haber entrado al salón en la siguiente línea:

Los caminos de Dios no son nuestros caminos.  Los pensamientos de Dios son más elevados que nuestros pensamientosEstamos aquí para compartir con ustedes nuestro camino,  aprendiendo de Dios sobre la Ofrenda de Sacrificio.

¡¿Ofrenda de sacrificio?!  ¡JA!  Aquí es cuando me recosté en mi silla, crucé mis brazos sobre mi guitarra y puse cara de disgusto y ojos en blanco.  Estaba escuchando, ¡pero con mi mala actitud  defensiva!  Aunque sorpresivamente escuchando a pesar de todo.

Continuaron diciendo:

En 1975, cuando estábamos recién casados, no sabíamos que Dios se preocupaba de nuestras necesidades diarias.  Pero, entonces, leímos Mateo 6, 25-26: “No se preocupen por sus vidas… Miren los pájaros en el aire… Su Padre del cielo los alimenta. ¿No son ustedes más valiosos que ellos?”  Comenzamos a aprender: “No se asusten, no se preocupen por el mañana, Dios conoce nuestras necesidades y se ocupará de nosotros.”

Bueno, esas palabras introductorias pulsaron una cuerda en mí.  Recientemente, había dejado a mi esposo y estaba peleando para hacer que las cosas encajaran con un magro pago semanal de $250.  Comencé a escuchar, para ver cómo iban a hacer para combinar a Dios, teniendo cuidado de mí y MI vida, y dar mi dinero ganado con el sudor de mi frente, a la Iglesia.  Tenían mi atención cuando continuaron:

 Escuchábamos charlas sobre Ofrendas de Sacrificio y diezmo (dar 10% del total del ingreso), pero estábamos seguros que no podríamos dar más de 1 dólar a la semana.

¡Guau! Pensé para mí.  ¡Un dólar a la semana!  ¡Eso era mucho más de lo que yo estaba dando!

Dijeron: Servimos de otras formas…

Bueno, tuve que admitir que tenía algunas cosas en común con esta pareja y decidí abandonar mi actitud defensiva.  Comencé a sintonizar y prestar más atención a lo que tenían que decir cuando continuaron:

Escuchamos decir a alguien “Si realmente deseas saber a quién o a qué amas y sirves, mira tu chequera.”

Me incliné hacia atrás con un pensamiento sarcástico “¿Mirar MI chequera?”  Bueno, si le dabas una mirada a todos los signos menos en mi chequera, nunca pensarías que yo era una terrible seguidora de MI dios, salvo que la tinta roja lo alimentara bien.  Pero, entonces, pulsaron otra cuerda, cuando comenzaron a hacer una lista de sus verdaderos dioses:

Miramos y nos dimos cuenta que servíamos a muchos dioses extraños, con nombres extraños como: VISA, MASTERCARD…No obstante Mateo 6,24 dice: “No puedes servir a los dos, a Dios y al dinero.”

En este punto, la mujer dio una letanía de estadísticas que yo, realmente, no estaba escuchando.  Aún estaba imaginándome mis dioses en mi chequera…dioses como Alquiler, Electricidad, Verdulería, Combustible, Seguro del Auto.  En ese entonces, no tenía tarjetas de crédito; no hacía suficiente dinero y mi esposo me había dejado con muy malas referencias.  Así que pensé, ¿cómo pueden estos registros en mi chequera ser dioses?  Eran cosas que necesitaba para sobrevivir.  Estaba confundida y comencé a preguntarme, si consideraban que estos también eran dioses.  ¿Eran MIS dioses en ese tiempo?  Mi atención creció, y continué escuchando:

Decidimos trasladar nuestro enfoque desde el dinero A DIOS.  Eso significó decidir no preocuparse sobre el mañana y confiar en Dios.

Aquí es donde, realmente, comencé a conectarme con esta pareja y lo que estaban diciendo.  No estábamos en la misma liga, pero hablábamos el mismo idioma, con respecto a que yo también enfocaba todos mis pensamientos en EL DINERO.  Siempre estaba preocupándome por pagar el alquiler a tiempo, o si podría mantener las luces encendidas por otro mes, o si habría suficiente comida en la casa para alimentar a mi hija.  Ella no era de comer demasiado, pero necesitaba comer y, dado mi salario, Dios le impedía enfermarse. ¡Dios me impedía a MÍ enfermarme!  Siempre estaba mirando el medidor de combustible de mi viejo Ford hecho polvo, preocupándome constantemente si habría suficiente en el tanque para llegar hasta nuestro próximo cheque de pago.  El auto siempre estaba rompiéndose y yo estaba, constantemente, pidiendo dinero prestado para arreglarlo.  ESTOS eran MIS puntos en los que me enfocaba.  Estos eran MIS dioses.

Cuando llegábamos a mi chequera y mis finanzas, Dios no estaba en el fondo de la lista.  ¡Dios ni siquiera estaba en la lista!

La pareja interrumpió mis pensamientos y continué escuchando:

La escritura dice que cuando somos generosos, Dios nos devuelve la generosidad  10 o 100 veces.  Creemos que Dios nos regresó nuestra generosidad con el auto 10 veces.  ¡Creí que habíamos encontrado una gran forma de cambiar $10 en $100! Pero esto no es un programa para “ser-ricos-pronto”.  Dios no trabaja de esa forma.  Lo que Él desea para nosotros es que nos demos cuenta que Él está a cargo, no nosotros.  Sus formas de trabajar son mejores que las nuestras – deberíamos confiar en Él en lugar de estar asustados y preocupados por mañana.  Él es el proveedor, no yo.

Mis pensamientos se dispararon como un cohete.  “¡¡ÉL ES EL PROVEEDOR, NO YO!!”  Para una madre recientemente separada, necesitando un proveedor, ¡esto golpeó una Cuerda del Bajo que resonó todo el trayecto hasta mis pies!  Para entonces, estoy segura que estaba sentada al borde de mi asiento.  Aún quería saber cómo iban a conectar el diezmo con Dios proveyendo.  Aún no tenía sentido.  ¿Quién estaba proveyendo qué y a quién?  Estaba confundida, pero intrigada para saber más, por lo tanto escuché cuando continuaron explicando un Principio Básico:

El principio básico de ofrendar es este: (hicieron una pausa para enfatizar Y para que Dios se asegurara que tenía toda mi atención) Dios es el propietario de todo – todo lo que tenemos Él nos lo ha dado, incluyendo nuestros talentos que nos han ayudado a obtener nuestros empleos.  Somos administradores de los obsequios de Dios.

¡GUAAAAUUU! NO CORTEN EL TELÉFONO, DETENGAN LAS IMPRENTAS.  ¿¿¿¿QUÉ QUIERES DECIR CON QUE “DIOS ES DUEÑO DE TODO”????  ¡No estaba preparada para escuchar eso!  Estaba en el proceso de tomar propiedad de mi misma.  Estaba saliendo de una relación con un monstruo controlador que trató de convencerme que EL poseía todo, incluyéndome a mí y a mi hija.  Peleé y retuve lo que era mío legítimamente, ¿y ahora me dices que es propiedad de Dios? Pero como toda verdad, había un halo que no podía ser negado.  Así que, como una niña obediente, pero aún desafiante, me recliné en mi silla y escuché más.  Nunca un testimonio de diezmo, removió tanta emoción o captó tanto mi atención:

Aprendimos que todo lo que tenemos son obsequios que Dios nos ha dado para que podamos ayudar a otros.  Somos distribuidores de la gracia de Dios, para ayudar a otros.  Mirando nuestra chequera, vimos qué poco de nuestro dinero lo habíamos dado a la Iglesia y otras obras de caridad.

Sí, me sentí conectada, por lo menos teníamos la misma cuenta bancaria.  Yo también fallaba al dar a la Iglesia y a otras instituciones de caridad.  Estaba en el coro y servía como maestra de catecismo.  Tenía mi excusa a mano.  Pero en ese momento, esas excusas se sentían como agua que yo trataba de retener en mi mano. 

La pareja continuó trabajando:

Ya que habíamos estado dando más de nuestros talentos y tiempo a la Iglesia, creímos que significaba que estábamos bien con Dios, pero estábamos aferrados a nuestro dinero, porque teníamos miedo…miedo de no poder dar más que un dólar o dos por semana.  No obstante aprendí algo de San Juan de la Cruz… estábamos atados a nuestro dinero.  Estábamos atados por nuestros temores de que no pudiéramos ser más generosos.

Ok, para este momento me tenían lista. Pero yo conocía mi situación.  Yo sabía que todo el dinero que iba a recibir ese viernes, ya estaba gastado.  Cada semana, contenía mi respiración, preguntándome si un cheque rebotaría hoy y si encontraría el dinero para cubrir el cheque junto con los cargos por falta de fondos.  Mi atención creció y ansiaba saber cómo hacer este diezmo del que estaban hablando, cuando continuaron:

Dios estaba desafiándonos a crecer en la confianza en Él.  Pero ¿estábamos deseosos de probar  que creíamos en Dios y confiábamos en Él?  ¿Estábamos deseosos de probar que para nosotros, Dios era más importante que cualquier otra cosa que pudiéramos hacer con dinero?  Hemos escuchado que no debemos poner a prueba a Dios,  pero hay un lugar en la Escritura en que se nos dice que debemos poner  a prueba  a Dios.  Tiene que ver con el dinero: Dar a Dios, basados en lo que Él nos ha dado a nosotros.  En Malaquías 3,10, Dios nos manda  “Tráiganme todo el diezmo.  Pruébenme en esto, y vean si no abro las compuertas del cielo, y derramo tantas bendiciones sobre ustedes, que no podrán contenerlas.”

¿Qué? ¿Dios dice: “Pruébenme en esto”? Otra cuerda fue pulsada.  Por primera vez, no escuchaba a alguien decirme que Dios estaba diciendo: “Confía en mí”, decían que Dios había dicho: “Pruébenme”.  Yo sabía que “Pruébame” quería decir “Pruébame, no te fallaré.”

Probaría cualquier cosa sólo por una vez.  Sentí que Dios me estaba diciendo personalmente “¡Te desafío Nance, te desafío doblemente, sí!”  Oh, amo los desafíos.  ¡Pero esta vez mis oídos estaban prendidos fuego!

Pero aún no sé cómo hacer esto.  ¡Estoy seguro que Dios no quería decir que debía darle a la Iglesia un cheque sin fondos!  Por lo tanto, seguí escuchando lo que tenían que decir, con el aliento contenido:

Esto nos parecía un buen trato.  Decidimos probarlo.  Hicimos el compromiso de apartar cierto porcentaje de nuestros ingresos, justo del total.  Para hacerlo una disciplina constante, dimos ese monto cada semana, y comenzamos a usar los sobres de la Iglesia.  Dimos mitad a la Iglesia, y mitad a otras organizaciones de caridad.  Redactamos estos cheques antes de pagar nuestras cuentas.  Nuestro objetivo era dar el 10% que Dios nos pide en la Biblia, pero aún teníamos un poco de miedo de que no pudiéramos afrontarlo, por lo tanto comenzamos con poco, y lo fuimos incrementando en pocos meses.

¡¡BINGO!! ¡Al fin llegaron a algo posible para mí!  Empezar con pequeños montos e incrementarlos con el tiempo.

Aunque esta pareja eligió incrementarlo en pocos meses, yo no era lo suficientemente afortunada para hacerlo exactamente de la forma en que ellos sugirieron.  No obstante, sí comencé a dar, usando los sobres de la Iglesia.  Cada semana redactaba el cheque por un monto de $5. Cinco dólares era mucho dinero para mí en ese tiempo.  Cinco dólares era el almuerzo de toda una semana para mi hija.  Cinco dólares era medio tanque de combustible, o pan y leche para la semana.  Pero cinco dólares también me compraban dos paquetes de cigarrillos o un par de cuatro cajas de vino, que solía gustarme beber en los fines de semana para relajarme.

Pero, Dios dijo: “Pruébame en esto.”  Yo estaba respondiendo, no con demasiada fe, pero en respuesta a un reto.  Yo estaba, realmente, probando a Dios, para ver qué haría.  Necesitaba que Él interviniera en mi vida tan desesperadamente.  Necesitaba que Él fuera mi PROVEEDOR.  Necesitaba que “abriera las compuertas del cielo y derramara tantas bendiciones sobre mí que no pudiera contenerlas.”

Bueno, como cada domingo, era una lucha tener suficiente energía o fuerza de voluntad para redactar un cheque para la Iglesia y ponerlo en el sobre, aún cuando eran, solamente, cinco dólares.  Pero imagino que Dios estaba haciendo su parte dándome esa fuerza,  porque por mí misma y considerando cómo me sentía con respecto al dinero en esa época, no estaba en mí continuar con esto.  Cada domingo era una batalla de voluntades entre Dios y yo. Por supuesto, él tenía la última palabra, porque tenía mi voluntad y mi deseo de hacerlo.  Por supuesto, para Él era obvio que ganaría cada vez.

Cuando Dios me liberó de mis malos hábitos de cigarrillo y bebida, pude incrementar mi diezmo a $20 a la semana.  Cada vez que recibía un incremento en mi paga, redactaba un cheque mayor para la Iglesia.  Si en una factura venía un monto menor al que había presupuestado, o si recibía un cheque extra, o un miembro de la familia me daba un obsequio en efectivo para mi cumpleaños o para Navidad, compartía una parte en el sobre.

Aún si pedía un préstamo, compartía una parte de ese dinero con Dios, que era, después de todo, el verdadero propietario.  Me imaginé que si le devolvía un poquitín de todo a él,  me ayudaría a pagarlo a su debido tiempo.  Tenía una necesidad desesperante de tener una buena calificación crediticia porque quería comprar, para mi hija y para mi, nuestra propia casa.  Estábamos alquilando casas desvencijadas y departamentos en áreas  que no eran apropiadas para una mujer y una criatura viviendo solas.

En 1997, un año después de haber comenzado a diezmar, encontré una casa con 3 habitaciones y 2 baños, con un hogar a leña, con 2 acres de tierra.  Cuando fuimos al momento del cierre de la operación, el agente estaba asombrado por lo tranquila que marchó toda la operación.  Me llamó para decirme que tenía que llevar $5.65 al momento del pago.  ¿Adivinen qué?  No tenía ese monto en mi cuenta en ese momento y ¡casi tuve que pedirlo prestado a alguien!

En 1999 vendí esa casa e hice suficientes ganancias para comprar la casa en la que vivo hoy.  ¿Sucedió esto porque comencé a diezmar?  Tal vez, nunca lo sabré con seguridad, pero no lo dudaré. 

Como dije, no doné un porcentaje fijo, yo simplemente “comencé a dar” y, al hacer esto, Dios pudo comenzar a darme a cambio. ¿10 o 100 veces?  No lo sé.  No cuento mis bendiciones.  Todo lo que sé es que Dios me dijo “pruébame en esto”. 

¿Sabían que  no pueden dar más que Dios?  Bueno, yo no lo sabía.  Yo pensé que si daba hasta que doliera, me iría a mi casa doliéndome más por lo que había dado.  Pero eso nunca sucedió.  De alguna forma, a través de algunos medios, Dios tenía hermosas bendiciones esperándome en las alas, justo para aquellas ocasiones en que más lo necesitaba.

Soy afortunada por haber tenido el mismo empleo por diez años.  A los acreedores les gusta eso.  Dios se ocupó que no me negaran cada ascenso que yo pedía.  Comencé como una empleada de contaduría y llegué tan alto como a mí me interesaba en esta compañía.

Cuando quise asistir a Misa Diaria,  Dios, gentilmente, encontró la forma que eso sucediera.  Fue tan fácil como pedírselo a mi jefe.  ¿Ablandó Dios su corazón?  Quién sabe.  Hizo un lío con el corazón del Faraón mientras negociaba con Moisés en el Éxodo.

Ese destartalado Ford, está tres vehículos atrás ahora.  Hoy manejo un auto más nuevo y más seguro, que me gusta mucho más.  No tengo una cuenta de ahorros, pero de alguna forma puedo comprarme ropa cuando la necesito y tengo muchísima comida en la heladera y en la alacena. 

Pero, por encima de todas estas cosas materiales, que verdaderamente no tienen valor en el Reino de Dios, me fue dado algo que no tiene precio, algo que quedará conmigo por toda la eternidad, gané una nueva conciencia de la presencia de Dios en mi vida y de su amor infinito por mí.

¿Daba – o mejor dicho da – miedo “ponerlo a prueba”?  ¡Te lo apuesto!  Aún hoy, cuando redacto un cheque equivalente al 10% de mis ingresos, siempre hago la misma oración: “Amado Señor.  Ayúdame a encontrar el camino.”

Aún soy madre soltera, luchadora, con una niña en casa que depende de mí.  Me pidieron en mi compañía que estudiara y obtuviera un título, no para oportunidades de ascensos, sino para que pudiera mantener este empleo.  Es un trabajo duro.  A veces, es tremendamente cansador y quiero acostarme y abandonar todo.  Pero Dios es bueno y se ocupa de nosotros.  Ha sido fiel cumpliendo su parte del trato, abriendo las compuertas del cielo y ¡derramando tantas bendiciones sobre nosotros, que no podemos contenerla! 

Al probar a Dios en mis finanzas y haciendo Él su parte al no abandonarme, juntos hemos construido el cimiento que necesitaba para confiar en Él.  Cuando Dios me dijo ese día: “Nancy, pruébame en esto, no te abandonaré” ¡lo decía en serio!  No me ha abandonado.  Dios es tan caballero.  Nunca me hizo aparecer como una tonta por amarlo de esta forma y tampoco te hará parecer un tonto a TI.

Sus bendiciones en mi vida son muchas más de las que he compartido con ustedes en esta mañana.  Pero si realmente quieren oírlas, véanme después de la Misa.  Me encanta charlar sobre Dios y todo lo que ha hecho por mí y todo lo que le encantaría hacer por ti.

Que Dios te bendiga.

© 2003 por Nancy (Gardner) Viola


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