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Firmes para Defender la Verdad

Somos los pilares de la Iglesia

Somos la familia de Dios, la Iglesia, “pilar y baluarte de la verdad.” Jesús es la verdad, pero nosotros somos los baluartes que sostienen la verdad en alto para que el mundo la vea y para dar refugio a los que buscan la verdad. Un baluarte, según el diccionario, es una estructura sólida como pared edificada para la defensa. Y en la 1 Carta de Timoteo 3: 14-16, se nos recuerda la importancia de nuestra conducta: ¿Qué conducta está acorde con esta responsabilidad?

Sentimos que nos desplomamos con esta tarea – nuestras emociones fácilmente nos llevan por otros caminos- por ejemplo, comportamientos, palabras y elecciones que Jesús no nos mostró. Nuestro temor de ser vulnerables a los ataques o nuestro enojo ante las injusticias y la maldad, nos puede estar arrastrando hacia abajo. Ser Cristiano no es para personas endebles. Se requiere de una fuerza como la de Sansón para permanecer firmes como baluartes de la verdad. ¿Y de dónde sacó Sansón la fuerza? La sacó de Dios y al elegir el camino de la justicia.

La Santidad nunca es fácil ni conveniente. Es una elección o, mejor dicho, una serie de elecciones que debemos hacer todos los días.

Esta elección es la que nos hacer ser, o bien “como niños” quejándose con sus compañeros de juego, como lo describe Jesús en Lucas 7, 31-35, o cristianos maduros que aceptan la sabiduría de Dios. El camino hacia la santidad implica sufrimiento, porque seguimos a Jesús a la cruz. Por esta razón, instintivamente elegimos apartarnos de ella. Pero no importa hacia dónde vayamos, el sufrimiento nos azotará.

Ser un baluarte en medio del sufrimiento, es lo que nos convierte en portadores más fuertes de la verdad. Para ver esto de manera ilustrada, retrocedamos en el tiempo. Las lecturas del 10 de septiembre, el día anterior a aquel en que la maldad aterrorizó el mundo, fueron muy proféticas. Eran sobre el valor de ofrecer nuestros sufrimientos – lo que San Pablo describe en Colosenses 1, 24- 2, 3 como completando con nuestra carne, “lo que aún falta en los sufrimientos de Cristo” (esto es, los nuevos sufrimientos) “en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.”

Pablo encontró alegría en el sufrimiento; para él es una forma muy significativa de honrar a Dios.

No importa cuál sea el origen de nuestros sufrimientos, siempre existen dos ofrendas que le podemos entregar a Dios. La primera es nuestra vida: Dejar que el Señor se encargue de nuestras crisis, enfermedades y otros procesos dolorosos.

La segunda ofrenda es nuestra muerte: muriendo a nosotros mismos, a nuestros deseos e ideas de cómo nosotros (o la nación) nos sobrepondremos al sufrimiento, de cómo nos protegeremos de nuevas adversidades y, tal vez aún, muriendo a esta existencia terrenal como lo hizo San Pablo, y haciéndolo como un sacrificio de amor por aquellos que necesitan el perdón de Dios o su intervención, podremos hacer mucho bien.

No seamos como niños quejosos que no pueden ver la sabiduría de Dios sino, en cambio, con su ayuda, seamos los baluartes que somos. Trabajemos y oremos por esta nación para buscar justicia, no venganza. Elijamos ser testigos de la verdad para preservar toda la vida humana. Pidamos que de una manera milagrosa se evite la destrucción de gente inocente, mientras le llevamos la justicia de Dios al mal del terrorismo. Y oremos para que nos mantengamos firmes y crezcamos en el entendimiento de las enseñanzas de la Iglesia acerca de la pena de muerte, para no pedirla para esos malhechores y, en lugar de eso, seguir el camino de la verdadera justicia.

Una “Guerra Justa” solo se encarga de las necesidades inmediatas de auto protección. Lee lo que el Catecismo nos dice acerca de eso. El principio de “Guerra Justa” empieza en el párrafo #2307.

© 2001 por Terry A. Modica


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