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Cómo ser Servidora del Señor
Como María

Evangelization Ministry - Being a Handmaid of the Lord - The Annunciation

El 12 de diciembre, se celebra la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe y se recuerda, en la lectura del Evangelio de la Misa, la Anunciación (Lucas 1, 26-38). María se transformó en el instrumento puro en el que Dios vivió durante los nueve meses del embarazo. Su “sí” a esta vocación especial de servir en el Reino de Dios como madre del Mesías, no terminó cuando su Hijo murió en la cruz. Se convirtió luego en madre de toda la Iglesia.

Dios planificó su vocación en el Génesis, el inicio de nuestra historia, cuando le dijo a la serpiente: “Pondré enemistad entre tú y la mujer y entre tu descendencia y la de ella” (Génesis 3, 15). María dijo sí a esta vocación, cuando le dijo al ángel Gabriel y a Dios: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según Tu palabra” (Lucas 1, 38).

Para entender con más profundidad lo que el fiat de María, su “sí”, implica – y lo que sucede cuando decimos “sí” a Dios – tenemos que considerar la palabra “servidora.” ¿Qué quiso decir con esto? El diccionario nos dice que un “servidor” es alguien cuya función esencial es asistir. ¡ASISTIR! No: tomar  las riendas. No: ser el salvador de. No: ser tan buen sacerdote o ministro laico, religioso o religiosa, que la gente nos admire y nos de crédito a nosotros por un trabajo bien hecho.

Muchas veces llamamos al asistente la “mano derecha” del empleador o, más literalmente, la extensión de la mano del mismo.

Cuando Dios me da la tarea de “Escribir un libro sobre…” o “Dar un retiro sobre…”, mi primera reacción es poner trabajar a máxima velocidad mis dones de organización y liderazgo que Dios me ha dado y en los que me ha capacitado. Cuando veo que alguien camina en la oscuridad y Dios me inspira a intervenir, mi fuerte sentido de caridad me mueve a actuar y, si no veo resultados lo suficientemente rápido (de acuerdo a mi criterio), comienzo a asumir que no estoy trabajando lo suficientemente fuerte y tengo que esforzarme más.

Nada de esto es ser servidor del Señor. Nada de esto es ser una extensión de la mano de Dios. Soy yo siendo yo, intentando estirar mi propia mano, hasta ver cuán lejos puedo llegar. Consideremos entonces el modelo que María nos provee de cómo ser un asistente:

(1) Primero y principal, el ser servidor de alguien requiere una gran confianza en la persona que será el amo (o en Dios). Como escribió el Papa San Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris Mater (Madre del Redentor), párrafo 13: “María ha pronunciado este fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y «se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo»” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, párrafo 56).

(2) María entregó las consecuencias de su “sí” a las manos de Dios. No puso condiciones a su “sí”, no dijo: “Está bien Arcángel Gabriel, pero sólo si le explicas a José por qué estoy embarazada y él no es el padre” o “Sólo asegúrate que la gente del pueblo no me mate a pedradas, ni me critiquen por embarazarme sin José.”

(3) Se comprometió por completo con Dios. Él tenía la libertad de hacer con ella lo que quisiera. Ella no dudó de Él. Tampoco ofreció su opinión sobre dónde debería nacer el bebé, qué hacer con los animales del pesebre o qué tipo de visitas podían o no podían venir. Esto es ser una extensión de la mano de Dios. No somos la mano. No somos Dios.

(4) Al decir “sí” se abrió a recibir toda la ayuda que necesitaría de Dios para cumplir con su vocación. No fue María la que convenció a José que debían continuar los planes de matrimonio en lugar de divorciarse; fue Dios quien le envió un ángel a José en un sueño.

(5) Su consentimiento surgió de su verdadera humildad – el mismo tipo de humildad que su Hijo tuvo al consentir la crucifixión. Tal disposición libera todo deseo de controlar y de ganancia personal. Es entrega total, es altruismo que proviene de saber que la bondad de Dios es mayor que cualquiera de nuestros mejores esfuerzos.

(6) Ser asistente del Señor, es una asociación con el Espíritu Santo, que es el “servidor” o sirviente de las otras dos personas  de la Santísima Trinidad, en todas las cosas divinas. La transformación del “sí” de María en embarazo requirió el servicio del Espíritu Santo. María cooperó con el Espíritu Santo “por su obediencia, su fe, su esperanza y ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas” (Lumen Gentium, párrafo 62). Un buen servidor es más que un siervo obediente; la fe, la esperanza y el amor dan la motivación en unión con el Espíritu Santo.

(7) Dar consentimiento no sólo significaba permitir a Dios hacer cosas a ella, sino también hacer cosas por Dios. Como su servidora, se puso en una posición de servidumbre. El no le ordenó, ni abusó de su autoridad, pero la puso en algunas situaciones difíciles. Ciertamente no fue fácil viajar en burro a Belén durante los últimos meses del embarazo. Dar a luz en un establo frío y sucio, sin la ayuda de su madre, seguramente no fue como ella imaginó que sería ese momento tan especial. Escapar a Egipto, en vez de regresar a su hogar con su bebé, fue un tiempo decepcionante y desafiante. Sin embargo ella dejó que Dios le hiciera esto,  porque cuando dijo que sería su servidora, realmente lo dijo de corazón. Al mismo tiempo, lo estaba haciendo todo por su inmenso amor a Él.

(8) El “sí” de María la unió a las intenciones y acciones de Dios. Las intenciones de Dios se hicieron las intenciones de María. Al igual, las acciones de Dios se hicieron las acciones de María. El padre quería redimir al mundo mediante su Hijo; María quería redimir el mundo mediante su Hijo, de acuerdo como el Padre desarrollaba su plan. Él permitió que su Hijo muriera por nuestros pecados; María dejó ir a su hijo mientras lo vio morir, aunque no entendía completamente el plan. Dios estaba a cargo y María se unió a lo que Él hizo.

(9) Una buena servidora escucha cuidadosamente lo que quiere el amo. María había dicho: “Hágase en mi según Tu PALABRA.” Ella escuchaba bien. “Mediante la fe María continuó escuchando y reflexionando esa palabra en la cual se hizo aún más claro ‘el conocimiento que supera todo entendimiento’. (Efesios 3, 19), la auto revelación  del Dios vivo. Entonces, en cierta manera María como Madre, fue la primer  ‘discípula’ de su Hijo” (Redemptoris Mater, párrafo 20).

(10) Ya que el siervo de Dios es discípulo de Cristo, un servidor es un verdadero seguidor. Es fácil descifrar lo que Dios quiere de nosotros porque Jesús nos guía a hacer las mismas cosas que Él hizo (Juan 14, 12). En Redemptoris Mater, párrafo 41, leemos: “La que en la anunciación se definió como «esclava del Señor» fue durante toda su vida terrenal, fiel a lo que este nombre expresa. Así confirmó que era una verdadera «discípula» de Cristo, subrayando enfáticamente el carácter de servicio de su propia misión: el Hijo del Hombre «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28).

Hoy, como Reina del Cielo, María continúa  siendo la servidora de Dios. Como el Papa San Juan Pablo el Grande dijo en el párrafo 41, “La Gloria de servir,  no cesa al ser exaltada como Reina: asunta a los cielos, no termina su servicio salvífico, en el que se manifiesta la mediación materna  ‘hasta la consumación perpetua de todos los elegidos’ (Lumen Gentium, párrafo 62).

Como el servicio de María, nuestros ministerios no terminan cuando dejamos esta tierra. Haríamos bien en dar nuestro pleno “sí” a nuestras vocaciones como servidores porque, de una manera u otra, lo haremos frente a Dios cuando el cielo sea nuestro hogar.

Confiemos en el ministerio de María de ser servidora de Dios donde sea que necesitemos que su mano nos alcance. Y permitamos que ella nos enseñe a hacer lo mismo por el prójimo.

Para leer toda la Encíclica “Redemptoris Mater”, ir a: http://w2.vatican.va/documents/redemptoris-mater.html

¿Cómo puedes ser la mano de Dios tocando la vida de los que están a tu alrededor? ¿Estás tratando de controlar y hacer las cosas a tu manera? ¿Has evitado hacer alguna buena obra que Jesús mismo hubiese hecho, algo que podría hacer a través de ti ahora? Escucha lo que Él te pide que hagas y dile: “Señor, que se haga de acuerdo a tu voluntad; yo soy tu esclava (o esclavo)”

© 2001 por Terry A. Modica


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