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Cómo Recibir el Consuelo de Dios

esperando sanación
Aunque me hiciste pasar por muchas angustias y desgracias me devolverás la vida, y de las simas de la tierra me sacarás de nuevo. Acrecentarás mi dignidad, y me rodearás de tu consuelo. (Salmo 71: 20-21)
La ira y el dolor son como una camisa reversible. Un lado de la camisa se llama ira. Es negro y rojo diabólico y no es muy agradable a la vista, pero cuando volteas la camisa, de adentro hacia afuera, es blanca. Este lado se llama dolor. Tiene el brillo del amor de Dios con las manchas de sangre de Jesús, y una imagen de la Cruz en la que murió. Dios entiende nuestro enojo por ser la misma prenda como el dolor; sin embargo es cuando nos enfrentamos al dolor que Él puede comenzar a consolarnos.

La Cruz de Jesús

Una Historia Verdadera

Prefacio de Terry Modica: Cuando uno ha sido abusado, especialmente cuando se produjo una y otra vez, es muy difícil – hasta parece imposible – sentir el consuelo de Dios, y mucho menos ser conscientes de su compasión y amor incondicional.  La pregunta se hace: “Si Dios me quiere de verdad, entonces ¿por qué permitió que el abuso sucediera?  ¿Dónde estaba Él cuando necesitaba su protección?”

He aquí la historia verdadera de una mujer de 40 años que recibió sanación por una infancia de abuso sexual, físico y emocional. Asistió a un terapeuta durante muchos años antes de llegar a mí buscando sanación espiritual. Durante una de nuestras sesiones me sentí guiada por el Espíritu Santo a decir: “Es el momento de doblar las rodillas ante Dios y abrirse a lo que Él quiere hacer. Es la única manera de descubrir que Él no te hará daño, que estás totalmente segura con Él y que Él no va a aprovecharse de tu vulnerabilidad para causarte más dolor.”

Fue un consejo al que era muy difícil decir que sí, pero con gran determinación, ella dijo sí y esto es lo que sucedió:


Fui a mi habitación y cerré la puerta detrás de mí.  Caí de rodillas frente al crucifijo y comencé a orar. Traté de humillarme delante del Señor y una vez más sentí el dolor de la víctima.  Entonces permití que Él hiciera lo que quisiese, incluyendo hacerme sufrir de alguna manera.  Me estremecí al imaginarme que me golpeaba en la parte superior de mi cabeza inclinada. Pero nunca lo hizo.

Justo en ese momento, WBVM* comenzó a transmitir el rosario en la radio. Eran los misterios dolorosos.

La primera decena comenzó, la Agonía en el Huerto, escuché que Jesús comenzó a llorar cuando yo recordé cuando mis abusos comenzaron.  Recordé estar sentada en mi cama, llorando mientras esperaba que alguien viniera a hacerme algo terrible.  Podía sentir el terror que me causaba la espera de la perdición.  Entonces escuché a Jesús llorar conmigo. Juntos gemimos.

Entonces Él me preguntó si yo estaba esperándolo porque Él iba hacer algo malo en mí, y yo le dije: “No.”  Después de eso, recorrimos los años de lágrimas que lloré y lo escuché llorar más fuerte.  Me sentí honrada que Él lloró conmigo, pero entonces Él me dijo: “Yo no estoy llorando por ti únicamente, yo estoy llorando por mis hijos que te están lastimando.  Por tus sufrimientos, ya tienes una mansión en la casa de mi Padre, pero es por ellos, los que te lastimaron, por los que yo lloro más fuerte.”

La segunda decena comenzó, la flagelación. Jesús quería que viera mi flagelación.  Mi hermano me azotaba y me hacía fregar con un cepillo y balde de agua el piso de la cocina en mis manos y rodillas.  El seguía gritándome, “¡ESCLAVA! ¡TRABAJA ESCLAVA TRABAJA!

Lloré más fuerte y Jesús lloraba junto a mí.  Mi mente destelló por toda la injusticia que sufrí pero, cada paso del camino, Él estaba allí.  Una vez más Él me preguntó si lo vi abusando de mí. Le dije, “No.”

La tercera decena empezó, la coronación de espinas. Jesús me mostró la corona que le fue empujada a Su cabeza, pero solo por un momento y, una vez más, Él me llevó a mi propio sufrimiento.  Me mostró a mi madre encima de mí, sujetando mis hombros al piso con sus rodillas, mi cabeza entre sus manos, estrellando una y otra vez mi cabeza en el suelo duro y frío. Jesús lloró más fuerte, llorando por mi madre más que por mí.  Entonces Él me preguntó si era Él quien estaba golpeando mi cabeza contra el suelo y le dije, “No.”

Empecé a calmarme cuando comencé a darme cuenta que Jesús no era mi abusador, ni tenía nada que ver con que eso me pasara.  Él estaba llorando por nosotros, por lo que estaba pasando. Pero Él nunca fue el agresor.

La cuarta decena comenzó, Jesús carga la cruz. Sentí que el peso de mi cruz me fue arrojada sobre mis hombros, el peso de las cargas de las otras personas que me pusieron en mi espalda. Tenía a mi hermana pequeña en mi cadera y atendía su llanto. Yo estaba a cargo de la casa de mi madre. Nunca había visto esto como una carga, pero Jesús me señaló que tenía nueve años y era la madre de los hijos de mi madre.  Él me dijo, “Tú eras un bebé que nunca llegó a ser un bebé.”  Lloré por mí. Me vi preparando el pollo en la cocina y sentí la culpa de que todos se enfermaran porque no sabía cómo cocinarlo.  Dios me relevó de esa culpa, diciendo: “Tú eras solamente un bebé.  No era tu responsabilidad, era la responsabilidad de tu madre.”

Estaba yo llorando por la madre de nueve años de edad que me obligaron a ser, pero una vez más, Jesús estaba llorando con más fuerza por las personas que habían forzado esto sobre mí.  El me preguntó una vez más si yo veía Su mano en el abuso.  Y una vez más le dije, “No.”  Comencé a recomponerme al terminar esta decena.

La quinta decena comenzó, la muerte de Jesús en la cruz.  Jesús me dejó verlo colgado en la cruz y me señaló los clavos en sus manos. Entonces El me llevó a mi habitación de la infancia.  Recordé la primera vez que mi hermano me violó. Al recordar el dolor (esto fue difícil de hacer ya que lo había guardado lejos en mi memoria, que había desaparecido de mis recuerdos), Jesús me mostró el martilleo del clavo en Su mano y gritó con gran agonía. Él recibió cada martillazo por mi violación y se aseguró que yo supiera que Él estaba llorando sobre todo por los que abusaron de mí.

Jesús me preguntó si lo veía a Él violándome. Le contesté, “No.”

Ya no me sentía como víctima de Dios. Cuando comenzamos a rezar la oración del Salve, le pedí a Dios que perdonará a mis hermanos. Repetí esto una y otra vez.  Por primera vez en mi vida, lo decía en serio. Cuando besé la cruz en mis cuentas del rosario, me imaginé lo que había sentido María Magdalena cuando besó Sus preciados pies.  Besé las cuentas y le agradecí a Mamá María por traer a Su hijo a mí.  Y luego fui donde Dios Padre y me acurruqué en Su regazo, con alabanzas a Jesús en mis labios.

Ahora sé que Jesús me ama lo suficiente como para haber sufrido por mí y conmigo.  Nunca dejó de estar a mi lado. Nunca me abandonó, ni me desamparó.

Oh, mi Señor – ¡Cuán bendecidos somos de tener un Dios tan amoroso, bondadoso y misericordioso!

© 1998 por Good News Ministries de Tampa Bay (el nombre del autor es confidencial)
*WBVM es Spirit FM 90.5 & 88.3 de la Diócesis de St. Petersburg en el área de Tampa, Florida.


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